CONSTITUYENTE CON LA PAZ

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Por Ricardo Villa Sánchez

Cuando se firmaron los Acuerdos de Paz el año anterior, desde el alma uno creía que algo iba a cambiar en el país. Que quizás caminaríamos hacia un país decente, como decía nuestro maestro Carlos Gaviria Díaz, en el que las oportunidades no podrían ser sólo para los hijos de algunos sino que fueran para los hijos de todos.

Además, con una pizca de ingenuidad, se pensaba que caminábamos hacia una nueva era, hacia un cambio de época, en el que el poder de la ciudadanía no tuviera límites, cuando la gente indignada iba a tener voz, en la que las urnas en el día de la refrendación de los Acuerdos de Paz se iban a rebosar con entusiasmo y otras energías por el sí. Que la bola de nieve del poder de decisión del pueblo, iba a estar presente para defender quizás el logro más importante de nuestra sociedad en lo que va del Siglo XXI, el consenso por lo más progresista: la construcción colectiva de la Paz con justicia social.

Creíamos que con los Acuerdos de Paz, de manera espontánea, se iban a hacer visibles las cuestiones estructurales que debían ser transformadas en nuestra sociedad, después de que se terminara el conflicto armado de más de medio siglo: la cuestión agraria, la de las víctimas, del narcotráfico, de la exclusión social y política. Y así el país entraría en la modernidad.

Pensábamos que el poder ciudadano despertaría, con la firme intención de exigir soluciones; que la gente iba a hacer respetar su voto, señalándole un mandato a nuestra élite dirigente, de manera que supieran, con este timonazo en mar de leva, que lo más relevante en una democracia es el constituyente primario. Soñábamos con que, otra vez, alguien iba a gritar que les regalaba el minuto que faltaba, cuando las urnas de la refrendación superaran las expectativas y el pueblo se pronunciara, además, en las calles, reclamando aquel futuro que siempre nos han anunciado, la promesa que sería cumplida.

Todos estos sueños siguen en pie. No obstante, como un castillo de naipes se han ido cayendo en trizas las ideas principales de cambio, que se traerían de la mano de los puntos de los Acuerdos de Paz, con el primer soplido, del ojo del huracán de los distintos poderes públicos. Por ejemplo, en el Congreso de la República, sustituyéndole el sentido a lo acordado, archivando en vía rápida la reforma política que tardó décadas en ser resuelto en una mesa; en las altas cortes interpretando el sentido de lo suscrito frente a la Justicia Especial de Paz, con eventuales vetos a los defensores de los derechos humanos; en las cuentas de los banqueros que manejan la hacienda pública, restringiendo la inversión para cumplir la palabra empeñada; choque de trenes frente a las reformas electorales; persecuciones políticas; arremetida contra los líderes sociales; y el gobierno diciendo una cosa para que piensen otra, como si tratara de quedar bien con todos. En fin, la pregunta acá sería: ¿Qué tipo de Paz buscan?

El mensaje político es ambiguo. Hay mucha confusión en este año electoral. Faltan certezas en lo político, en lo jurídico, en lo económico, con la amenaza de retroceder hacia los gobiernos que pregonaban la solución final a la diferencia. Sin embargo, aún queda la esperanza de que en un nuevo aire en el siguiente gobierno, el compromiso con la profundización de la democracia, la realización de los derechos, el desarrollo sostenible y la Paz, pueda salir avante.

En los acuerdos de paz estarían las claves que muevan el barco. En el proceso de Paz en ciernes, con la participación social se abrirían otras ventanas. En el sometimiento a la justicia de los neoparamilitares, habría otra aproximación a la verdad.  También es importante retomar debates que no se han culminado con cambios, como quizás  la elección popular del Fiscal, los organismos de control para la oposición, el Congreso unicameral, la regionalización autonómica del país, la concreción de una silla vacía que fortalezca los partidos con el descuento de los votos en el umbral de quien sea condenado y haya engañado a su electorado. En fin, los problemas del país están sobre diagnosticados, pero la realidad es que aún no se han solucionado las brechas sociales ni hay mayor libertad política e igualdad de oportunidades.

Para equilibrar los poderes, con mayor pluralismo e instituciones incluyentes, no sólo se requiere el cambio en el modelo de gobierno con una Presidencia alternativa, sino también un Congreso de Mayorías de las nuevas ciudadanías, unas altas cortes que se alineen a la idea de un mejor país más justo, más humano, y en Paz, en el que todos quepamos, y una ciudadanía activa que participe, incida, controle y tome decisiones.

Para que la maquina funcione, con todos sus engranajes alinderados, es clave considerar que es necesario avanzar hacia la calidad de nuestra democracia, corrigiendo los parches del sistema que por décadas nos mantendrían estancados, con reformas, como la político-electoral, la de la justicia, las de la adaptación del territorio al desarrollo sostenible en tiempos de cambio climático, la del modelo económico, entre otras, que algunos podrían considerar una sustitución de nuestro sistema de gobierno, lo que implicaría que no se darían por acto legislativo en el que, como un yo-yo, los actores en debate se reformarían a sí mismo, siendo casi jueces y parte, por encima de sus privilegios, sino que sería pertinente acudir al gran riesgo, con la actual correlación de fuerzas, de la figura de la Asamblea Nacional constituyente para que la idea de la consciencia, con voluntad de cambio, hacia un nuevo país equitativo, igualitario e incluyente, sea un proyecto colectivo.

 

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