La fiesta en Mamatoco

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Por: Moisés Pineda Salazar

El ‘Campo Serrano’ avanza bufando por uno de los caños que, a lo largo de la Barra de Salamanca, unen a la Ciénaga Grande y al Pueblo de San Juan del Córdoba con Barranquilla.

En este armatoste de hierros y madera, en regular estado luego de las aventuras bélicas de Ricardo Gaitán Obeso, movido por las aspas de la rueda trasera impulsada por vapor, viajamos con Don Próspero Carbonell, Pedro Fernández De Castro, Manuel Dávila, Don Ricardo Arjona, Evaristo Obregón Díaz Granados y su hermano Andrés, en la madrugada del martes en las previas del Carnaval.

Salimos hace casi seis horas desde La Ciénaga de Barranquilla. Atravesamos la de ‘La Tascoza’, así llamada por su poco fondo, y a poco tiempo estamos de arribar a la de ‘La Rinconada” que nos sirve de entrada a la albufera.

[Leer nota: ““El carnaval en los tiempos del tranvía” (ii)“]

Hace escasos veinte años este viaje se realizaba en champanes y duraba casi veinticuatro horas. Hoy, con estos pequeños buquecitos el asunto es cuestión de ocho horas, y hasta menos, si no fuera por los riesgos de quedar atascados muy a pesar de las rectificaciones, canalizaciones y cambios que se han hecho en las ciénagas y en los caños.

Seguimos rumbo a la población de San Juan del Córdoba, o de La Ciénaga, donde mis compañeros de viaje tienen pautadas varias reuniones con los administradores de las fincas de su propiedad que tienen por los lados de Sevilla, Las Trojas y Río Frío.

Ellos han decidido seguir el ejemplo de los ‘Los Apóstoles’, encabezados por Don José Manuel González, quienes, aconsejados por Don Santiago Pérez Triana, siembran banano con variada suerte y muchas expectativas puestas en el mercado de la Costa Este de los Estados Unidos de Norteamérica.

Mis amigos van a sembrar semillas, bulbos, cepas y puyones traídos desde Panamá el próximo año, para convertir ‘La Amira’, ‘La Isabel’, ‘La Elena’, sus actuales haciendas de trapiche y panela, en productoras de banano.

Luego de largas e intensas reuniones de sumar y de restar; de extenuantes cabalgatas por las haciendas de ‘Los Apóstoles’, que son doce, recorriendo las acequias, mirando el estado de los racimos y el progreso de las plántulas; de discutir en la segunda noche alrededor de una botella de brandy acerca de la conveniencia de vincular al Señor Francisco Javier Cisneros con el fin de implementar trenes portátiles que redujeran en algunas horas el transporte de los racimos al interior de las plantaciones; de enviar y de recibir decenas de mensajes telegráficos entre San Juan de La Ciénaga y la Casa Comercial del Señor Pérez Triana en Nueva York quien, por cierto, se opuso a que cualquiera de los socios tuviera contacto con ‘El Soberano de Puerto Colombia’-como llamaban criptográficamente a Cisneros- porque según Pérez Triana, nadie sabe cómo ni por qué, pero lo cierto es que en manos del cubano, las ganancias de cualquier negocio se esfuman como por ensalmo, finalmente, el viernes a la una de la tarde todo estuvo dispuesto y nos dirigimos hacia el oriente, atravesando el pueblo de Indios de Gaira, rumbo a la población de Mamatoco, allende a la Hacienda de San Pedro Alejandrino, donde falleció El Libertador. A siete leguas de San Juan de la Ciénaga.

Son tres horas de viaje en un convoy formado por dos carros tirados por mulas.

En el primero de ellos iban sentadas sobre esteras de fibras de plátano un grupo de cuatro músicos con tiple, bandola de notas altas y guitarras en compañía de las mujeres que estarían a nuestro servicio hasta nuestro regreso. En el segundo, iban todas las provisiones de boca compuestas por carnes en tasajos frescos y salados, medio venado ahumado, doce gallinas, un pato y un marrano de mediano tamaño maniatado; yuca, ñame, maíz y algo de las verduras de las que se pueden conseguir en la Ciénaga donde, por lo salitroso del suelo, son escasas.

Bien protegidas, más que la honra de una virginal doncella, iban las botijas con aguardiente de caña y un destilado que se hace con agua de panela fermentada durante cinco días, pasados los cuales se somete a cocción a fuego lento en un alambique compuesto por varios tanques de cobre, con el fin de que evapore y finalmente se pueda obtener, gota a gota, de la cochura del guarapo, el destilado que llaman chirrinchi.

Por supuesto, no podían faltar las cajas de brandy importado y damajuanas de vino italiano que conseguimos a buen precio con unos contrabandistas judíos curazoleños, que estaban fondeados, a ciencia y paciencia de la autoridad, en la desembocadura del Río Córdoba, al igual que cinco arrobas con fuegos de artificio para celebrar al Santo Patrono.

Dos coches de moda, con suspensiones de cuero transportan una decena de damitas que nos harán llevadera la fiesta, porque para una fiesta vamos, hasta cuando regresemos a Barranquilla que, así como van las cosas, será en la madrugada del domingo del carnaval.

Medio centenar de jinetes en caballos, mulas y acémilas de alquiler que se nos han unido en el Puerto, completan este convoy festivo en el que, desde el primer momento de la salida, no se escatima beber, comer, reír, hacer comentarios y chistes de diferente tono- punzantes los unos, atrevidos los otros, y no menos los divertidos llenos de ingenio. Don Próspero no ahorra tiros al aire para anunciar nuestro paso por las rozas.

Así seguimos hasta cuando, siendo las cuatro de la tarde, se vislumbra a tiro, el Pueblo de Mamatoco.

Don Próspero ordena disponer de media arroba de pirotecnia para anunciar la llegada de las gentes de Barranquilla, Soledad y Malambo. Los músicos ponen pie en tierra, las damitas que nos acompañan hacen lo propio, los jinetes se apean y entre todos se arma un cotarro de bailarines que lo hacen al son de bambucos y currulaos para cubrir los trescientos metros que nos separan de la Iglesia de San Jerónimo. A medida que nos acercamos y mientras más languidece la tarde y avanza la noche, los golpes del tambor de las cumbiambas cienagueras; el gemido de las gaitas que acompasan las danzas de diablitos; el sonido del tamborcillo indígena que conduce el baile de las cucambas y de los indios chimilas; el verseo y las palmas de las cuadrillas de negros y negritas que han llegado desde el Palenque de Valledupar, junto con las que ya más de quinientas personas que, como nosotros han llegado, desde los cuatro puntos cardinales de la Ciénaga y de la Sierra, van congregándose alrededor de las mesas levantadas en el patio de la Casa de los Duica que administra la Señora Petra Fontalvo, en las que se sirven sopas y frituras para grupos de amigos e invitados, como es el nuestro caso, o en los ventorrillos abiertos para el público que esté dispuesto a comer y a beber en cambio de pago.

De improviso, comienzan a estallar y a iluminar el firmamento toda suerte de fuegos de artificio. La puerta de la Iglesia Parroquial se abre para la última noche de la Novena del Santo Patrono y desde adentro, del mismo templo, salió la Banda de Baranoa, fundada por el Doctor Felipe Santiago Acosta- cura párroco de aquel distrito- dirigida por Don Victoriano Villa, que abrió el festejo religioso tocando valses para el deleite de toda la concurrencia y lo cerró, después de las correspondientes alabanzas y jaculatorias, con marchas, contra marchas y dobles militares antes de dar paso a las danzas de Diablos y Cucambas, de Indios Chimilas, de Indios de Trenza. De cuadrillas Negros y Negritas de congo que mientras bailan, cantan las virtudes y las excelencias del Santo.

Un hombre, metido debajo de un armatoste de madera forrado con telas y papeles que simulan una vaca, con todo y cuernos, irrumpe en la plaza llevando todo tipo elementos de pólvora que salen disparados hacia todos los lados. Desde aquellas que emiten como pequeños volcanes de chispas en los cuernos, al igual que los que salen pitando y girando como tirabuzones por los ojos del fingido animal en cuya frente gira un juego que va dejando una estela de luces y de humo antes de salir disparada hacia el aire en donde explota con gran estruendo al mismo tiempo que por centenares suelta los buscapiés que ponen a brincar hasta el más enfermo de los tullidos. Y no terminan de reponerse del susto, cuando de la cola le sale una bosta que resulta ser un artificio que explota con el estruendo de una bomba quitando el aliento al más fuerte.

De pronto, en una esquina de la plaza las manos del tamborero amenazan con romper el cuero del tambor de cuña baja y llaman a la calenda, al frenético baile de los pescadores de la Ciénagas en los que hombres y mujeres, al ritmo de los tambores, se contorsionan como el pez al que llaman mapalé que, desprovisto de su elemento vital, agoniza en el piso de las canoas. Ellos danzan como si quisieran que los huesos se les salieran a través de la piel y, así liberado, el cuero pudiera irse flotando, girando, subiendo, bajando con la fuerza de los vientos alisios que se estrellan contra las faldas de La Sierra Nevada.

[Leer nota: “Carnaval en los Tiempos del Tranvía (IV)”]

En el centro se ha levantado una cucaña que mañana será la entretención de los muchachos que lucharán por hacerse a algunos de los premios que están amarrados en la parte alta de esta caña engrasada a cuyo alrededor se han sentado los músicos de la cumbiamba. Empiezan a ejecutar la melodía que fluye por la flauta de millo haciendo que los bailadores comiencen a girar en el sentido contrario al de las manecillas del reloj, como queriendo regresar en el tiempo a los orígenes de esta danza que es indígena, triste y melancólica, a la que se convocan hombres y mujeres en un girar, girar y girar mirándose a los ojos, moviendo ellas las caderas al golpe del tabor, deslizándose ingrávidas sobre la arena, seguidas, perseguidas, protegidas y presas por los brazos del hombre que, sin tocarlas, espera ser suyo al final de la noche cuando, vencidos ambos por el cansancio, caigan en las camas de viento y en las hamacas que se han dispuesto por todas partes, protegidos por la oscuridad absoluta cuando las teas y las bujías se apaguen.

Mientras aquello ocurre con el populacho por la calle y en la plaza, en la casa donde ministra Petra Fontalvo, luego de la abundante comida, de las carreras huyendo de los buscapiés y de las libaciones sostenidas y abundantes, a eso de las diez de la noche, nuestras hermosas acompañantes han comenzado a despojarse de chales y chalinas, de escarpines y babuchas a la luz de una docena de velas esteáricas protegidas por briseros, encendidas frente a cristales azogados que reflejan la luz y hacen más intensa la claridad.

Varias lámparas de gas que al arder hacen sofocante el ambiente, propician que sacos, chaquetas, chalecos y lazos vayan quedando tirados de cualquier manera y en cualquier parte para que al compás bambuquero de los currulaos, se vaya perdiendo el seso.

A las cuatro de la mañana, Doña Petra nos despierta anunciando que va a empezar La Alborada en la que la Banda de Baranoa arrecia con Polkas y Mazurkas de moda, convocando a la feligresía a la ronda de juegos pirotécnicos que deben escucharse hasta Santa Marta, anunciando que se procede a la misa ordinaria, al final de la cual, cada quien en Mamatoco corre a su casa para desayunar y en Santa Marta comenzará la peregrinación para la Misa Campal que celebrará el Doctor José Romero, Obispo de la Diócesis, a las nueve de la mañana en la Iglesia de San Jerónimo, en honor de San Agatón a la que seguirá la solemne procesión que se prolongará hasta las dos de la tarde.

Por todo este poblado de casas de barro apretado entre cañas, con techumbre palmarina, se siente el olor a café recién preparado y endulzado con panela, a carnes que se asan en los patios y el de las yucas y bollos de maíz que hierven en las ollas dispuestas en las hornillas de las cocinas que se levantan en los patios.

Las mujeres filan en las letrinas y los hombres nos perdemos en los montes y en los traspatios para hacer del cuerpo. Las unas, y los otros, nos dividimos en grupos para irnos a bañar en las frías aguas del río y así espantar los recuerdos de una noche de baile, borrachera y sexo, que, mientras remuerde a los casados, aligera el ánimo a los solteros.

No bien han marcado las ocho de la mañana cuando los grupos de los danzantes venidos de aquí y de allá, comienzan a aparecer por todas las calles del poblanchón y empiezan a apostarse a lo largo de la calle por donde entrará el carruaje en el que viaja el Prelado que bajo palio, recorrerá tres cuadras antes de entrar al templo, que para entonces ya estará abarrotado.

Todos, cumbiamberos y bailadores, diablos y cucambas, chimillas y farotos, negras y negros se van sumando al séquito principesco precedido de una cruz alta, hasta conformar una abigarrada multitud, de flores, plumas, sombreros, máscaras y colores en las que se pierde el morado del mitrado, como si fuera uno más en la comparsa en la que todas las músicas suenan al mismo tiempo y en la que todas las danzas se bailan. Así ha sido a su llegada y así será durante la procesión de este santo que es negrito, con facciones indígenas y que lleva puesto el hábito de los franciscanos.

La hamaca dispuesta en el corredor del segundo piso del ‘Campo Serrano’, se bambolea de un lado para el otro, al ritmo sostenido del paquebote que avanza rumbo al Puerto Real en Barranquilla donde, a estas horas, ya deben haber terminado los juegos que se hacen en el Camellón ‘Abello’ como abrebocas del carnaval.

La brisa aleja las nubes de mosquitos que de otra manera nos obligarían a encerrarnos dentro de los calurosos camarotes impidiéndonos dormir. Pretensión inalcanzable, aspiración irrelevante, puesto que conciliar el sueño es imposible en este viaje en el que la jarana es generalizada gracias a que La Banda de Baranoa, que ahora llaman ‘papayera’, contratada por el Señor Arjona, sigue sonando, el brandy circula, las parejas venidas de Soledad y de Malambo se aplican a la tarea de acabar con el aguardiente y el chirrinchi y los tasajos que no alcanzaron ni a beberse, ni a comerse en Mamatoco durante las fiestas de San Agatón, y mis amigos, como en una misma y pantagruélica borrachera siguen bebiendo, bailando, brincando y gritando.

El Capitán aceptó, mediante pago adicional, postergar la salida del ‘Campo Serrano’ hasta ayer sábado a las ocho de la noche, para emprender el regreso. Sabe que hoy, domingo de carnaval, el tráfico entre Barranquilla y San Juan del Córdoba queda como que suspendido hasta el amanecer del Miércoles de Ceniza.

Don Ricardo lleva puesto un tasajo crudo de carne vacuna en el lado izquierdo de su cuello, esperando que para cuando lleguemos a las cuatro de la mañana a Barranquilla, haya desaparecido el morado que le produjo el apasionado beso que le propinó la irrefrenable, impetuosa e irresponsable jovencita con la que pasó la borrascosa noche del viernes en La Casa Duica de Mamatoco.

Don Ricardo sabe que Doña Magdalena Conde, su esposa, y su hermana Isabel Arjona Sardá, casada con Don Evaristo Obregón, quien nos acompaña en esta aventura, son ‘mujeres de armas tomar’ (igual que Lola) y por nada del mundo pueden enterarse de lo que pasó la noche del viernes en Mamatoco, en el fin del Novenario de San Agatón, El Santo Patrono del Carnaval.

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