Cuando las instituciones funcionan

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Por Cecilia López Montaño

Cuando fue elegido el señor Trump, el único consuelo que le quedaba al mundo democrático era la fortaleza de las instituciones americanas, es decir, que hay reglas y normas claras que son defendidas por quienes tienen la responsabilidad de tomar decisiones en nombre de todos los ciudadanos.

Por ello, era de esperarse que los pesos y contrapesos funcionaran cuando las decisiones del nuevo presidente fueran en contra del espíritu de ese gran país. Solo han pasado literalmente dos meses desde su posesión, y estas barreras que protegen a su gente empezaron a funcionar.

La primera señal, aunque incompleta todavía, se refiere a las decisiones migratorias del presidente Trump. Los jueces se han encargado de dar marcha atrás a muchas de sus peores medidas. Sin embargo, la persecución a los inmigrantes continúa, especialmente a musulmanes y latinoamericanos, que viven bajo la amenaza real de ser deportados, separando familias y destruyendo futuros.

Pero sin la menor duda, la mayor prueba que en el país del Norte existen instituciones es lo que acaba de suceder con la gran promesa de campaña de Trump: acabar con el Obamacare. Pues resulta que el Congreso, sobre todo los republicanos, dejó a Donald Trump solo, por tanto, a él le tocó retirar el proyecto. Es la peor derrota que ha podido sufrir, y en efecto, lo ha debilitado terriblemente ante la opinión pública. La jefa de la bancada demócrata dijo: “Es un triunfo de Estados Unidos”. Sin duda, la salida de más de 20 millones de norteamericanos del sistema de salud y su costo en términos de votos, fue lo que llevó al presidente Trump a esta crisis de gobernabilidad.

Esta es la mejor prueba para que el mundo vea con claridad que las instituciones son la mejor defensa de un sistema verdaderamente democrático. Desafortunadamente es una de las grandes debilidades de la democracia colombiana. Por la corrupción, por perseguir intereses que no corresponden a las prioridades nacionales, por la física inoperancia del sistema, el país no se siente protegido por sus instituciones.

Por ello, reforzar aquellas entidades que existen, para evitar que se atropellen los derechos constitucionales de los colombianos es el gran reto de nuestra sociedad. Sin embargo, mientras la política perversa que tenemos siga controlando la institucionalidad pública, y la privada cohoneste y se beneficie del desorden estatal, esta posibilidad será absolutamente remota.

Parece mentira, pero en Colombia, cada vez que resulta un problema grave, detrás o de frente, siempre está esa forma de hacer política en el país y de ejercer el poder.

Si Colombia quiere dejar de ser una democracia con peros, lo primero que debe hacer es garantizar, como ya se mencionó, los pesos y contrapesos del sistema para evitar que los intereses privados o del presidente y sus ministros primen sobre las necesidades reales de los 49 millones de colombianos.

Con esa mediocridad de partidos políticos que tiene el país, con esos liderazgos que solo piensan en la próxima elección y no en la próxima generación, como decía un famoso analista, será imposible evitar los permanentes atropellos que sufre la sociedad colombiana.

Nada mejor que el ejemplo de Estados Unidos ahora que está frenando las propuestas absurdas de su presidente. Allá, el bien común prima sobre el interés individual, así sea el del mismo presidente de la República. Ojalá Colombia y ese mundo que aún le juega a llegar a ser una verdadera democracia, aprenda esta lección. A propósito, al expresidente Obama, no le debe caber, como se dice en Colombia, “ni un tinto de la felicidad”.

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