Un Liceo Celedón renovado

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Por José Manuel Rodríguez

Como privilegiado de haber pertenecido a la familia liceísta en la segunda mitad del siglo pasado, siento la satisfacción profunda de observar la reconstrucción hecha al centenario edificio que a lo largo de su existencia ha sido el remanso educativo de una juventud estudiosa que se nutrió de la savia intelectual de ilustres pedagogos que dejaron su impronta de grandeza en los anales de su historia.

Años después de haber cumplido un siglo, desde cuando fue fundado ese gran templo del saber del Magdalena Grande en 1905, el vetusto edificio fue sometido a un intenso proceso de reforzamiento y embellecimiento habilitado para continuar esa reconocida labor académica que tantas glorias le entregó al departamento y también testimoniada con honores por las entidades nacionales.

De acuerdo con los conceptos del veedor Salomón Calvano, de la Junta Directiva de la Asociación de Egresados y los informes de quienes están al frente de la obra, está por terminar la segunda etapa de este ambicioso proyecto financiado, en su mayoría, con recursos donados por la empresa Ecopetrol y la Sociedad Portuaria. Con menos porcentaje el distrito de Santa Marta y la Universidad del Magdalena.

Falta por iniciar la tercera y última etapa de este plan reformador que toca esencialmente la parte de dotación y el embellecimiento exterior de un monumento de estilo colonial convertido en Patrimonio Histórico. Según testimonios, esta etapa será financiada con recursos del Distrito.

Entonces, es satisfactorio registrar este importante suceso que llega con plenitud al sentimiento de los pueblos de la Costa, porque el acontecer pasado no se puede desligar del Liceo Celedón por haber sido una institución que marcó con fortaleza el desenvolvimiento social de las comunidades de La Guajira, Cesar, Magdalena y otras comarcas del norte de Colombia. Por tanto, sigue siendo para estas regiones un compromiso irrenunciable de defender de las garras del oportunismo el futuro del Celedón, convertido hoy en un hermoso edificio que estimula a los sagaces a ponerlo al servicio de sus impredecibles pretensiones.

Si algún fenómeno tuvo incidencia para que el colegio Liceo Celedón viera disminuido el número de estudiantes en su Claustro, fue precisamente el peligro que representaban sus estructuras deterioradas para la seguridad de todos sus estamentos. Su acelerado deterioro y la ceguera de los mandatarios de turno frente al fenómeno, pusieron a los padres de familia y acudientes a prescindir de los servicios de un plantel con personal docente calificado.

El miedo de quedar lesionado por los constantes desprendimientos de material vencido de sus estructuras, hizo que descendiera significativamente la aceptación social para el ingreso al Celedón. De esta manera pasó el colegio de tener más de 3.000 estudiantes en tres jornadas a recibir en sus aulas alrededor de quinientos mal contados.

Ahora, cuando lentamente se condicionan sus salones con un ambiente optimizado para estimular la academia, salen de los conciliábulos propuestas distintas a las de devolverle al siempre glorioso claustro su renombrado sello que lo identifica y su empuje institucional escrito con pensamientos célebres en las crónicas pasadas. A esa edificación no puede dársele destinación distinta a la de albergar a esa masa estudiantil que espera el momento de disfrutar de un renovado espacio cargado de recuerdos, ilusiones, expresiones democráticas, sentimientos y valores éticos.

De dotar el centro educativo con los instrumentos tecnológicos necesarios que conviertan al colegio en un lugar preferente donde fluya, con la ayuda de buenos docentes, el humanismo y la ciencia. Y esto puede lograrse con el concurso de los gobiernos si anteponen con seriedad la tarea de recuperar el prestigio del Celedón por encima de los propósitos particulares.

Por eso, tenemos que estar atentos al desenlace de este episodio en el que es figura preponder ante el Celedón, para salir a la defensa de un patrimonio que le pertenece al Magdalena Grande y no a los arribistas que les interesa poco el destino promisorio del plantel, sino, la satisfacción de sus desafueros.

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