Uribe tiene razón

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Por Carlos Holmes Trujillo

En estos días se armó un gran alboroto.

Y todo porque el expresidente Uribe dijo la verdad sobre la situación actual de Colombia, durante un encuentro internacional en Grecia. Quién dijo miedo.

El embajador Néstor Osorio salió indignado a los medios nacionales a criticar la postura de quien fuera mandatario de los colombianos.

Lo hizo en las principales cadenas de nuestro país. Habló como un político en campaña, y pretendió dar clases sobre lo que deben hacer las personas que han sido depositarias de la confianza de los electores.

El episodio, además de producir indignación y cierta hilaridad, para decir la verdad, llama bastante la atención. Resulta que, en este gobierno, cuya diplomacia se ha dado a la tarea de dejar escritas páginas muy negativas para la historia, los deberes diplomáticos se cumplen diciendo cosas en la radio y la televisión local.

A pesar de que vivimos en un mundo globalizado, por lo cual ahora jamás se le habla solamente a la audiencia doméstica, la intención del curtido Embajador fue irse lanza en ristre contra el expresidente y hoy senador Álvaro Uribe.

Pues se equivocó de cabo a rabo. Su tarea es, como la de todos los agentes diplomáticos de Colombia, otra, y bien distinta. Pero, adicionalmente, tiene el deber de respetar a la oposición democrática.

Quienes son contradictores legítimos de los gobiernos democráticos viajan al exterior, son invitados a los más diversos eventos, tienen voz en los foros que se organizan más allá de nuestras fronteras, y tienen la oportunidad de ser escuchados por las audiencias de los países en los que se celebran esos encuentros.

Eso hace parte de la tradición. No hay razón alguna para sorprenderse, ni existen motivos valederos que permitan convertir una crítica, legítima y normal, en argumento para trasladar al escenario interno lo que se diga por fuera. Sin embargo, se hizo.

Eso habla mal del gobierno y del acucioso embajador. La función de la diplomacia consiste en promover al país en el exterior, explicarlo, defender sus intereses y construir entendimientos que favorezcan el desarrollo nacional. Muy lejos está esa gran tarea de lo que presenció, atónita, la ciudadanía.

Un representante diplomático en los micrófonos de la radio criticando a un expresidente en términos que no se compadecen con tan alta investidura, da pena ajena. Ahora bien, si tiene muchos deseos de hacer política, bienvenido.

El espacio que da la democracia es amplio y, como es apenas natural, nadie tendría derecho a poner en entredicho su propósito de hacerlo.

Pero, mientras ostente el cargo que hoy ocupa, tiene el deber de portarse a la altura de sus responsabilidades. Por otro lado, al expresidente Uribe le sobran razones. Las viejas fronteras que dividían lo nacional de lo internacional, desaparecieron.

Cualquier cosa que se diga en el lugar más apartado tiene la capacidad de convertirse en noticia de naturaleza global. Lo que está sucediendo en Colombia puede ser conocido en cualquier rincón del planeta.

Y está bien que un expresidente exprese su opinión en foros internacionales. Muchos lo hacen sin padecer el escarnio al que un embajador equivocado ha querido someter a Álvaro Uribe. El episodio que aquí se comenta será apenas anecdótico mañana.

Carecerá de importancia por la ausencia de razón. No obstante, es imposible dejar de comentarlo, porque crea una oportunidad para reclamarle a algunos embajadores que cumplan, verdaderamente, con sus deberes.

Eso es lo que tienen que hacer, en lugar de dedicarse a andar detrás de un exjefe del Estado para contradecirlo sin razones, con sustento en los hechos y las cifras oficiales.

Al fin de cuentas, Uribe tiene razón.

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