Fírmeme ahí

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Por: Ricardo Villa Sánchez

Los precandidatos que tercerizan la recolección de firmas para postularse a la primera magistratura del gobierno nacional, pervierten esta opción ciudadana de participación. Esto, además de su alto costo que desequilibra la correlación de fuerzas, se torna en una derrota estratégica de este instrumento de la democracia.

En un sistema democrático de calidad, debería primar la máxima de un ciudadano, un voto; luego, una firma, un ciudadano, una postulación. Asimismo, es clave que a través de dispositivos internos las firmas se recojan de manera directa y voluntaria, para poder poner fin a esta maña de subcontratar mercenarios de las planillas, que comprarían firmas como si fueran votos; lo que al final de cuentas también confundiría al elector, en su decisión individual y secreta, de ejercer, posteriormente, su poder de decisión.

Que 26 pre-candidatos, algunos con opción y otros echándose un volado, estén recolectando firmas para aspirar a la presidencia, refleja una gran desconfianza en los partidos políticos como enlace entre la ciudadanía y el Estado o como defensores de los derechos y garantías de las mayorías. También, se une esto a la táctica de campaña permanente, que permite a algunos iniciar su carrera presidencial, picando en punta con las firmas.

Mucho se ha hablado de que los Partidos Políticos se han ido cerrando a la libre expresión de otras fuerzas que irrumpen por la indignación ciudadana, la búsqueda de alternativas, la desmovilización de organizaciones insurgentes o, quizás por las tácticas de élites excluyentes, sectas dogmáticas, o de la poca intención de la gente y sus nuevos liderazgos, de afiliarse a organizaciones políticas que han decepcionado a la ciudadanía.

Hay candidatos que deciden participar a través de la recolección de firmas en la carrera presidencial, por carecer de un partido que los avale. Hay otros que sólo pretenden lavar la imagen de sus cuestionadas organizaciones políticas; y hay algunos que nadie entiende sus aspiraciones.

Lo que sí parece real, en esta dimensión desconocida de nuestra “nueva democracia sin partidos” del Siglo XXI, sería que en esta ocasión, la mayoría de los que se postulan por firmas, pensarían en participar, y ganar, en una especie de primarias en eventuales consultas ciudadanas que posibiliten escoger una candidatura de coalición, en la que converjan las diversas fuerzas políticas de cara a la primera vuelta, y con la estrategia de vencer a la ultraderecha o simplemente, para evitar que esta franja se enfrente entre sí, en un paradójico yo con yo, en la segunda vuelta. Al final de cuenta, algunos candidatos también estarían con los ojos puestos en la siguiente elección regional o haciendo fila para un cargo de alta dirección y manejo en el próximo gabinete.

Los partidos son instituciones democráticas que últimamente han recibido certeros ataques, fruto del comportamiento de algunos de los militantes de sus huestes. Sin caer en la tesis de la manzana podrida y de las constantes depuraciones que ocurren en el seno de este tipo de organizaciones, es clave que los partidos políticos se fortalezcan. Su vocación de permanencia, debe generar garantías y confianza  a sus electores. De todas maneras, en una democracia de calidad, es clave que cuenten con espacio político las nuevas organizaciones que emerjan. No es sólo fírmeme ahí, es también que la conformación de grupos significativos de ciudadanos que postulen candidatos, sean un ejercicio de pluralismo, inclusión y debate público.

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