EL 8 DE AGOSTO

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Ricardo Villa Sánchez @rvillasanchez

Es complejo el país de la futurología, para esto, como nos enseñaron en la Facultad de Humanidades, se requiere rigor científico, cierta capacidad de intuición y prospectiva, algo así como un vodka Martini: agitado pero no revuelto. Sin embargo, como si fuera más el man de a pie que pisa con la zurda el 8 de agosto de 2018, que con la mirada de un cientista social, que intenta arriesgarse  a plantear un momento histórico en el país político, después de la firma de los Acuerdos de Paz, el cual sería la llegada al solio de Bolívar de un gobierno alternativo, con el presidente número 176 que debe ganar en la primera vuelta para que no baje la espuma como en la tristemente célebre “ola verde”.

 

Desde una perspectiva optimista, pensaría que no habría un caos total, con corralito incluido, apocalipsis mediático, anaqueles de las grandes superficies sin comida ni elementos básicos de aseo, (aunado a otros tipos de acaparamiento o manipulación), bolsa caída, histeria colectiva, aviones al exterior llenos y fronteras cerradas, servicios públicos domiciliarios suspendidos, ejército acantonado, sujeción  al poder, en fin, el juicio final. Pero tampoco estaríamos en un escenario en el que el ejercicio de la gobernanza, en diálogo con los actores claves, estaría consolidado, o con un Congreso de la República de mayorías, los gremios, los organismos de control, las altas cortes y la sociedad civil organizada alinderados, sino que habría una gran incertidumbre sobre la ruptura que se daría desde la institucionalidad con las viejas formas de hacer política y las desgastadas maneras de gobernar. Algo así como un primer round en el que no estaría un contundente Mike Tyson sino un par de pugilistas, dándose tímidos golpes, midiéndose el aceite, hasta que alguno de los dos, aseste el  salto de calidad, hasta que alguno tome la iniciativa política, por ejemplo, convocando al poder constituyente primario.

 

En ese momento, se sabrá si el nuevo gobierno puede construir colectivamente una mayoría social y política en diálogo social permanente, en pacto social y alianzas, en sintonía con la ciudadanía, o le tocaría defenderse todo el período, hasta cuando el sol ya esté tras sus espaldas. Es cierto que esto no se dará por generación espontánea, además de conformar un gabinete diverso con experiencia administrativa, olfato político y formación técnica; de buscar todo lo que nos une como nación, con ética pública, libertad política y diversidad cultural; de fortalecer lo público, con cesiones de poder y propuestas de transformación realizables; sino que también se demanda que se combinen, con voluntad de cambio, todas las formas democráticas de políticas económicas y sociales que permitan que al tiempo que crece la economía, se redistribuya con equidad la riqueza, con una visión de futuro dirigida a la generación de igualdad de oportunidades, al desarrollo sostenible y a la justicia social, con políticas públicas pertinentes, concertadas, que posibiliten el desarrollo de capacidades, la realización de los derechos y una mayor protección social, para que los avances, lleguen a las personas más desfavorecidas y a las nuevas ciudadanías.

 

En Colombia a raíz de la llegada a la administración pública de sectores ciudadanos en Bogotá y en otras ciudades, ha crecido el peso de la izquierda y de los sectores alternativos, en los escenarios políticos. Hace un tiempo el slogan era que nos preparábamos para gobernar un país del tamaño de nuestros sueños. Ahora, llegaría el momento, para lo que sería necesario estar a la altura de las circunstancias de enfrentar los grandes desafíos que devendrían.

 

Grandes retos bajos sus hombros, como el de la lucha frontal contra el narcotráfico; de la derrota a la violencia;  del mayor pluralismo e instituciones incluyentes o con más legitimidad; de integrar al país a las dinámicas económicas globales; de erradicar la pobreza extrema;  de enfrentar el cambio climático; de empoderar a la ciudadanía; de hallar los propósitos comunes que contribuyan a la unidad nacional, al desarrollo sostenible, a la  implementación de los Acuerdos de Paz,  a la justicia social y  a la profundización de la democracia, con una nueva economía orientada a la productividad de la industria nacional, a robustecer el mercado interno, aumentar el poder adquisitivo y a unas mejores formas de relacionamiento laboral, basadas en la realización de los derechos fundamentales del trabajo y el acceso a igualdad de oportunidades de trabajo decente, y de empleo digno.

 

Gobernar con un nuevo pacto social. Esta es la cuestión. Un pacto realista, con liderazgo de las mayorías, alejado del populismo, la demagogia y la polarización. En el que haya puntos de encuentro, de racionalidad colectiva, destinados a la eficacia en la producción de bienes públicos, a establecer políticas que posibiliten reducir los daños que ha dejado la estela de sangre y de odios del conflicto armado para poder lograr la reconciliación, asegurar la libertad electoral, así como avanzar en implementar los controles, desde adentro y hacia afuera, para romper con la corrupción, el clientelismo y la ética pre moderna del amiguismo, del ventajismo, del dinero fácil, de la anomia, del favor con favor se paga, para poder gobernar con los mejores, pero también con quienes se pueda construir confianzas y cohesión social y mascar y machacar, hasta que se pueda, por fin, disminuir hasta abolir las condiciones de inequidad, pobreza y exclusión social, con las debidas inversiones y cambios estructurales,  que se requieren para que Colombia entre a la modernidad, a ser aquella patria grande, que soñó Gabriel García Márquez y Simón Bolívar, más humana y más justa para todos.

 

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