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Opinión

Gavirismo

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Hay que ser muy frío para andar por ahí ofreciéndole al mejor postor el viejo Partido Liberal.

RICARDO SILVA ROMERO

Yo no digo que el expresidente César Gaviria no sea un tipo brillante ni un sagacísimo intérprete de la política colombiana: yo lo que digo es que es el fundador de una clase política hecha de frívolos sin votos propios –33 % bien intencionados, 33 % buenas vidas, 33 % cínicos– que no solo ponen cara de tecnócratas cuando no están portándose como manzanillos, sino que se van de shopping a París para olvidar las elecciones que pierden por culpa de “este país de cafres que no cambia…”. Yo no digo que Gaviria no tenga claro a dónde irá a dar esta campaña sin fin que nos tiene a todos haciendo cábalas inútiles. Yo lo que digo es que hay que ser muy frío para andar por ahí ofreciéndole al mejor postor el viejo Partido Liberal, que él preside, como sepultando en vida a su extraordinario candidato: Humberto de la Calle.

Me explico: el domingo 8 de abril, justo a la hora en la que uno empieza a pensar que este país es un lunes, se me atragantó aquella entrevista en EL TIEMPO en la que Gaviria parece listo a creer que –dado que “es evidente que no hay suficiente asociación de nuestro candidato Humberto de la Calle con el pueblo liberal”– lo mejor es irle ofreciendo el antiguo “partido de las mayorías” a la derecha uribista de Duque o al “centro” de Vargas. Quizás la palabra sea “pragmatismo”. Tal vez la palabra sea “astucia”. Pero al día siguiente, en la conmemoración de ese 9 de abril en el que el jefe liberal fue asesinado por la espalda y el país cayó en la tentación de destruirse a sí mismo de una buena vez, me pareció claro que la palabra precisa era “decadencia”: adiós, Partido Liberal, he aquí otro ejemplo de la historia convertida en farsa.

Hay que ser César Gaviria, y estar haciendo historia de tanto despreciarla, para reducir la enorme autoridad de De la Calle a una inversión en la campaña que gane: uribista o varguista.

El lunes 9 el exguerrillero Jesús Santrich fue capturado por supuesto tráfico de drogas, a petición de la DEA, para que cada quien dijera su propio “yo les dije”. Pero solo a De la Calle, que estuvo al frente de la Constitución pacifista de 1991 y se pasó cinco años en La Habana liderando el milagro de acabar con las Farc, le sonó justo el “yo les dije que el acuerdo de paz no les entregaba ni un centímetro de país a las Farc”: “Quien no cumpla con lo pactado deberá enfrentar el rigor de la justicia” y “ni se tomaron el poder, ni permitimos la impunidad”, escribió en su cuenta de Twitter como un líder liberal del lado de la ley. Hay que ser César Gaviria, y estar haciendo historia de tanto despreciarla, para reducir la enorme autoridad de De la Calle –cincuenta días antes de la primera vuelta– a una inversión en la campaña que gane: uribista o varguista.

El martes 10 los congresistas del Partido Liberal confirmaron su tardío respaldo –o lo que sea– a De la Calle. Y les sonó forzado y cansino, a plan B del propio Gaviria, en un país vivo y con ganas de vivir que el 11 de marzo probó que está votando más que nunca, que está recobrando la pasión por celebrar y cuestionar a sus candidatos, que en la noche de ese martes temblaba porque, luego de un debate sobre la corrupción en los POT, el senador Carlos Fernando Galán –hijo del jefe liberal asesinado cuya imagen heredó Gaviria– había encarado las calumnias iracundas del expresidente Uribe con la frase “mi padre me enseñó que la política es incompatible con los negocios”. Quiero decir que, si al “liberalismo” de hoy le da igual todo lo de este país reavivado, De la Calle, Uribe o Vargas, es porque lo que ha llegado tambaleando hasta acá se llama gavirismo.

Dios mío: concédenos al menos expresidentes que nos dejen en paz, que traicionen la tradición de portarse como amos y señores de lo nuestro, que se vayan por fin a cumplir con el lugar común de ser viejos sabios en vez de dedicarse a intrigar y a reducir su legado a la maquiavélica defensa de su legado.

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Opinión

Inclusión e integración sin exclusiones

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 Saúl Alfonso Herrera

Inclusión e integración, son gestas y hazañas verdaderas que requieren para su materialización, de múltiples actores e ingentes esfuerzos para justificar que bien vale la pena todo lo que se haga en su consolidación. Los ríos de pobres, miserablemente asentados en nuestros territorios, traduce emergencia por ser producto de muchas circunstancias que anteceden de su formación y refieren categóricamente fracasos tales como su desarrollo en muchas de nuestras áreas, la mala planificación municipal, y la inequidad alimentada por los desajustes sociales.

La exclusión es una sino la mayor de nuestra deuda como sociedad, que debe ser atendida sin demora y como una prioridad política absoluta por encima de todas las cosas. Nada debe importarnos más que luchar con todos los instrumentos posibles para construir una sociedad de ciudadanos plenos, y esa condición es imposible en un ambiente pauperizado, degradado, irregular, sin servicios en condiciones infrahumanas, de insana aglomeración fuera del control del Estado y sin pautas algunas de convivencia ciudadana.

Esperanzados estamos que se inicien procesos desde las instancias instituidas para el efecto, orientados a quebrarle el espinazo a este flagelo de la exclusión en distintas partes de nuestros territorios. Llevar a cabo por ejemplo acciones que incrementen el nivel del conocimiento de la real situación que se vive en esos espacios, geo-referenciar- los con exactitud plena, formalizarlos e integrarlos, lo que mejorará sin duda la vida en los municipios, los hará mayormente funcionales, obligará superiores pautas de movilidad, igualmente mejorará el mercado formal de vivienda, impactará positivamente le mercado de trabajo, potenciará la inversión familiar, entre otros avances sociales, desafíos que deben ser asumidos con sumo orden, cuidado y amplio respaldo social que debemos construir de manera explicita y consensuada con la comunidad en contexto de planeación democrática.

Fundamental en esto el papel a jugar por parte de los gobiernos locales, que deberán buscar el cofinanciamiento de la infraestructura de servicios necesaria para la integración que se plantea. Igualmente, vital el papel de los habitantes de dichos actores que deben comprometer su propio esfuerzo en un proceso que debe ser facilitado, pero no resuelto de un modo asistencial o clientelar. También los profesionales, en un todo conjunto, deben poner lo mejor de si para llevar a cabo esta noble tarea en la que el Congreso facilite al Ejecutivo más instrumentos para dar respuesta a dichas necesidades y expresar por ese medio la sensibilidad social y la prioridad política que el tema genera.

 

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¿Dónde está el piloto?

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La semana anterior les conté que la Comisión de Seguridad Aérea del Senado de la República, entregó el informe final de su gestión con varios hallazgos delicados. Hoy quiero profundizar sobre el que más preocupación me generó. Se trata del déficit de vigilancia en 101 aeródromos del país que se encuentran bajo la administración de 59 entidades territoriales. Estamos hablando de aeropuertos administrados por gobernaciones y municipios, que presentan casos complejos como que, en Sucre, o en el Vichada, puede haber 60 o 50 pistas donde no hay control efectivo de sus operaciones.

Específicamente, el estudio realizado por la Superintendencia de Puertos y Transportes, arrojó que de los 101 aeródromos mencionados, el 95% no cuenta con ningún tipo de administración por esa razón, la entidad actualmente adelanta un proyecto para que las entidades territoriales, que tienen a cargo esta infraestructura aérea, formalicen una administración a través de un funcionario una dependencia de la alcaldía o de la gobernación, y así, se ejerza un control de las condiciones mínimas de operación y el funcionamiento de los aeródromos.

Si cruzamos el listado de gobernaciones y alcaldías, que son propietarias y/o explotadoras de estos 101 aeródromos con la información sobre los departamentos con más cultivos de coca, encontramos que muchas de estas pistas están precisamente en aquellos departamentos. Así, nos referimos por ejemplo, a el aeródromo del municipio López de Micay y de Timbiquí que se ubica en el departamento del Cauca, un departamento del que se ha dicho por la prensa nacional que “nada en un mar de coca”. También nos preocupa la ausencia de vigilancia y control sobre el aeródromo de Caucaya en el Putumayo y el aeródromo de El Charco, en Nariño.

Por todas estas razones, es necesario dotar a la Superintendencia de Puertos y Transportes de competencia o funciones específicas, para ejercer control y vigilancia de manera efectiva y eficiente sobre las tasas que las aerolíneas le adeudan a la entidad, en especial, los aeródromos que están bajo la jurisdicción de las entidades territoriales; con el fin de que se pueda corregir el mal estado o abandono de algunos de ellos y detectar a tiempo, usos irregulares de sus pistas u otras situaciones que puedan configurar actividades al margen de la ley; y dar traslado a la autoridad competente en esa materia.

En sus comienzos, el narcotráfico en Colombia fue controlado por carteles que utilizaron aeropuertos, pistas y equipajes, para el transporte de droga al exterior y repatriación de capitales. No podemos dejar que esto nos vuelva a pasar.

 

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Nuevos recursos para Electricaribe

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Las alertas de un posible apagón en la costa han suscitado un debate público en torno a las dificultades de Electricaribe para mantener la estabilidad de su operación. Este escenario. Las advertencias de expertos y formadores de opinión en torno a estos hechos señalan como relevante que las limitaciones de suministro de energía a Electricaribe se presenten nuevamente, ahora que la empresa está en manos del Gobierno.

En el proceso de intervención se asume la responsabilidad de garantizar, no solo la continuidad del servicio, sino de materializar la solución estructural de la compañía. No podemos minimizar las advertencias ni mucho menos soslayarlas, todo lo contrario, debemos entender las preocupaciones colectivas de nuestros grupos de intereses para mantenerlos informados oportunamente de las acciones que se están tomando para evitar un colapso.

Dos son los mensajes para dar tranquilidad ante las legítimas preocupaciones por las amenazas de posibles racionamientos. Primero, que durante 20 meses, la medida de intervención ha logrado suministrar energía sin limitaciones del servicio como sanción del sistema eléctrico beneficiando a 10 millones de habitantes de la costa.

Ello ha sido posible gracias al apalancamiento con recursos del fondo empresarial de la Superservicios, con el esquema de garantías para la compra de energía diseñadas por el Gobierno Nacional que hasta hoy se han asignado parcialmente y por el desempeño de los trabajadores directo e indirectos de la empresa.

Segundo, para atender las necesidades que garanticen mediante la operación durante el 2018, se requiere contar con los recursos aprobados en el documento Conpes de noviembre de 2017 por 320 mil millones de pesos de los cuales 195 mil millones son para garantías y 125 mil millones para inversiones en infraestructura y tecnología.

Para el 2019 el Gobierno anunció la asignación de recursos por 735 mil millones de pesos amparados en un nuevo documento Conpes que se destinaría para inversiones bajo el nuevo marco tarifario que sin duda impactará positivamente en la calidad del servicio. Con esos apoyos se podrá avanzar en la implementación de la solución estructural sin los afanes de escasez de materiales, sin procesos de limitación de suministro de energía y sin los problemas en la logística para operar.

El proceso para la solución estructural, como lo anunció el presidente Juan Manuel Santos, empezará en este mes de julio, y a partir de allí se conocerá el interés del mercado para operar la empresa y hacer las grandes inversiones que se requieren con urgencia.

 

 

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